El instinto maternal que no tienes

"Al momento de dar a luz, la matrona puso a mi hijo sobre mi pecho. No sentía nada. Llevaba meses preparando mi parto, imaginando cómo sería ese instante de miradas cruzadas, del que hablaban todas las madres. Esperaba romper a llorar de emoción, embargada de amor, embriagada de oxitocina. Pero no sentía nada. Pregunté a la matrona: "y ahora, ¿qué hago?". Y ella me respondió: "lo que te salga". Pero no me salía nada. Quizá echarme a dormir un rato para descansar, mientras mi marido cogía al niño. Entonces pensé que había algo roto dentro de mí: se suponía que una madre sabría cómo actuar con su recién nacido, cómo ponérselo a la teta y que no tendría ganas de separarse de él en ningún momento. Pero ¿qué pasaba conmigo? ¿Será que no tengo instinto de madre?"




Cuando un parto no se desarrolla con normalidad, no se respeta su fisiología o no es acompañado de manera adecuada, es más difícil que la madre desarrolle aquello que se llama conductas maternales. El circuito de neurotransmisores se ha alterado, la oxitocina (la hormona del amor), está bloqueada por la adrenalina y el cortisol (la hormona del miedo).


"Mi hijo nació inconsciente. Tuvieron que reanimarlo sobre mi pecho, aún recuerdo la cara de la matrona manchada de sangre, después de hacerle la respiración boca a boca. Continuó varios segundos inerte, un cuerpecito azulado sobre mí. Mi marido intentaba sujetarme la cabeza para que no lo viese. Cuando al fin respiró, su mirada se centró en los ojos profundos y azules de mi pareja en lugar de reposar en los míos. Tampoco me importó demasiado. Me había hecho a la idea rápidamente de que mi niño no había sobrevivido. Tardé un par de semanas en cambiar su primer pañal. Le daba teta y enseguida pasaba a manos ajenas."


Otro más de tantos tabúes que acechan la maternidad: el amor a primera vista con tu recién nacido no existe. O al menos, no siempre. Son muchas las madres que han sufrido un parto traumático, o que han estado varias horas separadas de sus bebés, recuperándose de la cesárea; otras tantas no han podido compartir las primeras horas, los primeros días, o las primeras semanas con sus hijos, porque uno de ellos o ambos estaban ingresados. Ya no hablo de no haber podido hacer el piel con piel con ellos de manera inmediata. Muchas madres han sufrido el no poder ir a visitar a sus hijos a neonatos... porque no les apetecía, porque no sentían la necesidad de ir a verlos. Desconectadas de sus criaturas, sin la presencia física de sus bebés, sin poder amamantarlos o mecerlos en sus brazos, sus mentes interpretan que el bebé no existe.


Al duelo del parto soñado que no pudo ser, al duelo por la separación, al dolor físico del postparto inmediato, se suma la Culpa, que hace su aparición en mayúsculas. Y la madre ya no sabe si lo que le duele en las entrañas son los entuertos o la angustia de ofrecer un amor obligado, fingido e impuesto.


"Durante varios días delegué en mi pareja la tarea de cambiar los pañales al bebé. No porque me diera asco la caca. Simplemente, no sentía la necesidad de ofrecer cuidados a aquella criatura que había salido de mí. Se me hacía extraña, ajena. Y de repente, dos meses después del parto, empecé a llorar de manera imparable. No eran lágrimas de tristeza, sino de felicidad: estaba tumbada en la cama con mi pequeño, le miré a los ojos, él me devolvió la mirada... y me di cuenta de que era mi hijo, de que estaba vivo, de que era mi pequeño milagro. Las lágrimas que no brotaron el día del parto, salieron a borbotones aquella mañana de agosto".


El instinto maternal no existe. Como todo en la crianza, no existe nada que sea obligatorio, ni siquiera enamorarte del bebé que acabas de parir. Ya es hora de desterrar los "se supone", los "debería ser", o las improbables suposiciones que empiezan por "lo que hace una buena madre es...".


El relato entrecomillado corresponde a mi propio relato de parto, del que hablaré en otro momento. A día de hoy estoy orgullosa de la relación que tengo con mis dos hijos, de quienes se puede decir que estoy perdidamente enamorada... pero no por obra y gracia de un presunto instinto, sino que ha sido ganada por un goteo incesante de cariño incondicional.


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